AROMA A CAFE

 AROMA A CAFÉ



Un café Mónica? Si por favor.

Empece a tomar café ya hace bastantes años. Cada tarde al inicio del turno, mis compañeras y yo, nos sentábamos en torno a la mesa con nuestro café en mano, para contarnos las pequeñas evoluciones de los pacientes, cotilleos de nuestras vidas o problemas cotidianos... era un momento casi mágico, alegría conjunta por las buenas noticias y ánimos para enfrentar las no tan buenas. Reconozco que al principio el café no me gustaba demasiado pero ese momento  me hacía sentirme parte del grupo.

Mi historia con el café no empezó ahí,  siempre ha formado parte de mi vida, recuerdo su olor en casa desde muy pequeña. Mi padre lo adora, pero no el simple hecho de tomarlo, sino todo el ritual de elaborarlo. 

Cada verano cuando íbamos al pueblo solíamos ir de compras al norte de Portugal, a Chaves. Mi padre siempre se ofrecía a llevarnos, a él las toallas y los artículos de bronce le daban igual, pero le interesaba ir para comprar café. Docenas de paquetes en grano de café natural y torrefacto que posteriormente molía poco a poco para lograr la mezcla perfecta. Cuando lo hacia toda la casa quedaba impregnada de aquel aroma, todavía a día de hoy puedo recordarlo.

Durante todos esos años mi padre me lo ofrecía, como si de un tesoro se tratara, y yo siempre lo rechazaba. Me pregunto por qué me costó tanto querer formar parte de este otro grupo llamado familia. Mi padre y yo somos muy diferentes y a la vez tan iguales que hemos discutido mucho, incluso nos distanciamos largos periodos de tiempo.

Ya hace tiempo que mi padre abandono su ritual. Actualmente se ha pasado al café molido en oferta.  Me da pena no haberlo probado nunca, sé que ya no tendré esa oportunidad, quizás sea el momento de que yo vuelva a retomar esa tradición familiar, por él y por mi.

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